La vida es un círculo: unos mueren para que otros ocupen su lugar. Este movimiento es infinito, o como antes se decía, ley de vida. El cosmos se regenera, de la misma forma que en la tradición antigua múltiples rituales marcaban estrictamente el tiempo de la vida humana. La muerte no era una tragedia para el corpus social, sino la garantía de su supervivencia.
Con el despertar de la conciencia individual y la modernidad, ha aumentado el miedo de los individuos a envejecer, a perecer ante las puertas de un dios que ya no existe. Por este motivo aprovechan todos los resquicios de la vida para perpetuarse. Los sujetos contemporáneos no aceptan el paso del tiempo.
En una época de crisis como la actual, estos sujetos han adoptado una conducta particularmente antisocial. Hijos del consumismo narcisista, la generación de Mayo del 68 está copando todos los resquicios de la vida, a la vez que ahoga a los jóvenes. El poder se acumula en sus despachos, el dinero sólo fluye por sus bolsillos. Mientras tanto, los jóvenes ven como sus padres se cargan sus derechos laborales, les vetan las pocas oportunidades que surgen, impiden que tengan una vivienda a un precio justo y menosprecian una formación que saben superior. Sus padres quieren que sigan siendo sus retoños, para que les recuerden que el tiempo no pasa...
Sin embargo, la naturaleza sigue haciendo su labor indiferente a los deseos de perpetuidad de esta generación, que puede que pase a los anales de la historia acompañada de los adejtivos más decadentes.
El mundo apesta... pero es lo que nos ha tocado. Ya cambiarán las cosas y si no pues que paguen las consecuencias y que nos aguanten hasta su jubilación.
ResponderEliminarPor cierto, ya estás blogueado en sombrasdelalba.blogspot.com ;)
Un abrazote!