Deslizar, acariciar la mano y besarla,
la mano que es la primera frontera
que nos une, que nos conoció bajo
el mismo sol extasiado, que nos descifró
en los días por venir y días por llegar.
Acariciar, palpar la mejilla sonrosada,
terreno de paso de áspero desliz
que me frena, me precipita al azul
de un mar distante, omnipresente,
que aguarda disperso y mojado.
Palpar, rozar con un labio tus pestañas
húmedas, coquetas y rítmicas,
que nos ciegan de la sombra soleada
y nos llevan por el río subterráneo
a la orilla de una cueva de sabiduría.
Allí no hablaremos: intuiremos el ritual
de movimientos pausados y sincopados.